Era una práctica de los tiempos de escasez, cuando un gato valía menos que una liebre y, si se le escamoteaba la cabeza, con facilidad se le podía hacer pasar por un sabroso plato de caza. Por eso hace unos años, los huéspedes avisados reclamaban al fondista la cabeza de la pieza para comprobar si era felino o auténtico conejo.
Con Ágora, la última película de Amenábar, tan publicitada y elogiada como alegato contra la violencia de raíz fundamentalista y religiosa, ocurre algo parecido. Hay que examinar la cabeza del plato que se ofrece, no sea que no responda a la morfología del lepórido. La cabeza no es otra que la protagonista de la cinta, Hipatia, sobre la que la literatura europea del siglo XVIII, principalmente de la mano de Toland, Voltaire y Gibbon, ha tejido una leyenda que mezcla verdad y falsedad. En opinión de la catedrática de Historia Romana Antigua en la Universidad Jagelónica de Cracovia, Maria Dzielska, lo único indudable es que Hipatia fue una extraordinaria mujer de Alejandría, erudita y filósofa, que fue salvajemente asesinada y que su memoria, tras un ejercicio de reduccionismo ideológico, ha sido utilizada como arma arrojadiza contra el cristianismo antiguo.
Según solventes estudios históricos, Hipatia fue víctima de las luchas de poder entre los cristianos de Alejandría (cosa, ciertamente, detestable) y no de una confrontación entre fieles y paganos, ni de la intolerancia de la fe frente a la razón, como ha pretendido la literatura ilustrada. La convulsa historia del siglo IV d.C. hubiera merecido un análisis menos simplificado y no apuntarse al discurso políticamente correcto que pretende hacer de la Iglesia el símbolo de la violencia, el fanatismo y la aversión a la ciencia. Pero los hechos son tozudos y terminan por mostrar la cabeza del gato. Y es que el incendio de la Biblioteca de Alejandría ocurrió 25 años antes del asesinato de la filósofa. Por ejemplo…
Pedro Escartín Celaya (El Cruzado Aragonés)






